Sand Hill Road. Tranquilas zonas residenciales de las afueras, amplios jardines impecablemente cuidados y vegetación mediterránea. Pequeños edificios, en su mayoría de dos plantas, albergan enormes recursos financieros e influencia en el mundo de los nuevos negocios. Aquí el metro cuadrado de oficina cuesta más que en la Quinta Avenida de Manhattan. Desde los años setenta, este lugar discreto y en el fondo aislado es donde se busca financiación para materializar las ideas más audaces del sueño americano.
Una nueva Wall Street para los audaces
Así como Wall Street se convirtió en sinónimo de mercados bursátiles, la marca común de las firmas de Sand Hill Road se identifica con el capital privado. La diferencia esencial es que, mientras la Bolsa de Nueva York fue construida desde el principio por representantes de intereses financieros y comerciales, el sector californiano de capital privado y capital riesgo creció en estrecha relación con la revolución tecnológica, primero centrado en hardware y después cada vez más en software.
Sin generalizar en exceso, pueden encontrarse muchos más contrastes. Wall Street se centra en tendencias, fenómenos, materias primas, homogeneidad y previsibilidad de las inversiones, modelos matemáticos y una escala macro reflejada en el tamaño de las operaciones y la arquitectura imponente. Sand Hill Road tiene una escala humana: la inversión se apoya a menudo en la confianza en el talento, los conocimientos y la energía de unas pocas personas que ponen los cimientos de un nuevo proyecto.

Comienzos espectaculares
Kleiner Perkins Caufield & Byers (KPCB) fue la primera firma de inversión privada que llegó a Sand Hill Road en 1972. La fundaron ingenieros titulados en instituciones de la Costa Este —Eugene Kleiner en la Universidad de Nueva York, Thomas Perkins en MIT y Brook Byers en Georgia Tech, Atlanta— que habían participado como cofundadores o altos directivos en proyectos esenciales de la tecnología informática.
Kleiner, nacido en Viena antes de la guerra y cuya familia compartió el destino de muchos inmigrantes judíos que contribuyeron a la potencia científica estadounidense, llegó a California invitado por el propio inventor del transistor y premio Nobel de 1956, William Shockley. Como miembro de los «ocho traidores», antiguos empleados de Shockley, cofundó Fairchild Semiconductor, pionera de los circuitos integrados modernos. Su posterior declive provocó un éxodo masivo de talento en una de las primeras oleadas de empresas emergentes de Silicon Valley, reflejado en el ambiguo lema de Fairchild: «nosotros lo empezamos todo».
Intel fue fundada en 1968 por Robert Noyce y Gordon Moore, anteriormente vinculados a Fairchild Semiconductor. Eugene Kleiner no fue cofundador de Intel. Estas historias muestran los vínculos entre ingenieros, empresarios e inversores, pero no deben fusionarse en una sola biografía.
Los recursos financieros y el saber hacer que necesitaba Sand Hill Road procedían en gran medida de personas del propio sector, más que de burócratas o banqueros: personas que ya habían emprendido por su cuenta y conocido de primera mano las luces y sombras de ser empresario.
Sinónimo de talento e innovación
De vez en cuando, la prensa y los expertos anuncian el fin de Sand Hill Road tal como se conoce desde hace más de cuarenta años. El sector se globaliza y la competencia creciente presiona a los inversores para trabajar más cerca de donde nacen las ideas y la actividad creativa. Sin embargo, la marca y la leyenda de sus fondos parecen suficientemente sólidas para seguir marcando las pautas del sector y atrayendo durante mucho tiempo a proyectos y personas de mayor potencial.





